lunes, 23 de mayo de 2022

Santo Cristo de la Capilla de Boquiñeni

 




El Santo Cristo de la Capilla de Boquiñeni

En Boquiñeni (Zaragoza) Aragón, España, 56 años que tengo ahora, sumados al comienzo de la Guerra de la Independencia, en el año 1.864, hubo una gran sequía y el campo se perdía.

Los vecinos, por el gran retraso en la agricultura, sin saber a quién recurrir, ni cómo solucionar su sustento el 24 de Mayo sacaron al Santo Cristo a hombros, en procesión suplicante hacia la ermita de San Miguel.

Cuando regresaban ya había en las calles barro. Poco cuesta imaginar cómo era el estado de la pavimentación municipal.

Para siempre quedó en aquellos hombres y mujeres el asombro del milagro, y el agradecimiento que se va transmitiendo de generación en generación como necesidad de la existencia de un ser superior que está por encima y por delante: El que todo lo puede para evitar todos males pasados, presentes y venideros.

Por su irracionalidad, me gustaría significar ese día, sólo dejándome llevar por las sensaciones humanas, aunque muchas veces tengan poco de racionalidad:

De madrugada la aurora ruborosa, al medio día la roja amapola, a la tardada el clavel carnoso. Toda una evolución del color rojo.

La llevada del Santo Cristo a la ermita de San Miguel, por su camino, donde siempre rivalizó la pía campanilla, con los trinos de los pájaros.

La cruz, y la indumentaria del imprescindible monaguillo rebelde, con la amapola de rojo esotérico, y el verde claro de las gramíneas espiguillas, que pueblan los ribazos, que parece que nacen en tierra de nadie.

La libertad más indolente en su más alta expresión: la floresta, porque Mayo es impúdico.

Y la salida de lo inhumano: lo divino.

En la distancia del desplazamiento queda su poca discreción, su anchura, su grandiosidad, como cuando se sale el río por allí, como la que nace de cada uno con tradiciones circunstanciales e irrenunciables convicciones primarias, que nunca dejaron de lado lo divino por lo humano, y viceversa.

Aunque lo pretendieran unos u otros, que hicieron más trascendentales sus sueños, que los de los demás, por cuestionable altruismo.

Acompañan expresiones culturales insustituibles: La poesía, la música, y el baile juvenil, el movimiento de palos que miden equilibrio de fuerzas, de bríos y prestezas: El “Palotiau del Dance”.

Y al atardecer, el rojo clavel con “meneito”: Gypsophila paniculata, como adorno floral blanco de relleno, acompañante del anuncio futuro, como extracto seco de lo venidero.

Vegetales repartidos y comprados por y para todos, en una sutil complicidad.

Encuentro de las personas con las personas humanas, recuerdos con recuerdos, que no se contemplan habitualmente y se hablan sin darse cuenta de dónde están.

El cura pidiendo la exclusiva atención, rezando el Rosario con relativos devotos habladores, pero todo el pueblo en su memoria más esencial y más íntima demostrando su agradecimiento más ancestral, haciendo privilegio de llevar la bamboleante peana, y compartirla con vehemencia por las calles recovecas adornadas por las flores de geranios y calas, y las luces de los arcos, apretadas de gente tocadas por la gracia del momento de que les toque pasar por debajo del Santo Cristo de ahora, y de cuando estaba en su Capilla.

Se difumina la luz, y después de la tarde acompaña la placidez, y el reposo de tanta arrolladora agitación.