Ironía es pensar que con vidas corrientes, se tienen historias corrientes.
Hace más de tres, o cuatro años, compré el primer número que permite usar el plural, en molinillos de viento con estrambóticos y chillones colores, con forma de girasoles para el jardín.
Aquí siempre sopla mucho viento.
Cierzo, Bochorno, Solano y Fagüeño, que se reparten en esta local rosa de los vientos, y de sus puntos cardinales.
Pocas veces están quietos, siempre están girando, y se rompen por tantas vueltas que dan.
Cuando parece que se quejan, hacen ruido, y noto su rotura.
Los arreglo con amor, alambre fino y Loctite.
Corregir, arreglar, recuperar, reciclar, reparar para mejorar.
A todos nos gustan los matices de sus destellantes reflejos, cuando llevan a cabo sus frenéticos giros por el viento.
A mi nieta, a mi hija, a su marido, a mi mujer, y a mí, también.
Aunque los/las de en medio digan de forma más o menos velada que los consideran, o directamente, que son cutres desde nuevos.
Inconscientemente parece que se me hace pequeña la vida, cuando llego a influir de una manera u otra, en la profundidad de las que celebro querer naturalmente.
Siguiendo con mi ejercicio de soñador, ojalá se pudieran arreglar gentes, aunque fuera a placer de ajenos cabales, con parecida, o misma tecnología.
Porque todos nos vamos rompiendo al seguir viviendo.
Los molinillos me hacen valorar nuestra existencia, por las personas que quiero.
Aunque soy un Diógenes asintomático, porque debería seguir empleando el tiempo en algo que podría ser más trascendente.
Nos gustan verlos girar con las rachas indomables de los vientos del verano.
Son parte del alma que reflejamos en nuestros entrañables recuerdos.
Todo sabe a fin de semana, a festivo, a tele trabajo con dos pantallas, a vacación compartida con, y por los que nos queremos.
Para el invierno, los arreglo, y los recojo.
Pero, por más bazares orientales que recorro, no encuentro otros iguales.
