miércoles, 20 de enero de 2021

Carruajes que se mueven solos, sin caballos.


Carruajes que se mueven solos.

Subir con el ascensor a la planta 8ª para comenzar. Empezar un museo por arriba, en el que  muestran la figura disecada de un caballo albar, blanco moteado, como color de pelaje más raro, que mira a los ojos, montada sobre cuatro ruedas de 200 m.m. de diámetro por 30 de ancho intercaladas en una plataforma de madera reluciente como una góndola, como un antiguo juguete infantil, para mostrar el comienzo de la historia del automóvil, me parece la mejor de todas las metáforas, la mejor descripción del concepto, dentro de hasta las más insuperables alegorías lírico poéticas.

Patente por la evolución en un mundo en que el transporte terrestre estaba siempre supeditado a los animales de tiro y carga.

Recuerdo y comparo sin reparo, la analogía artística de buen augurio en desear mucha mierda a los actores teatrales en la que se corroboraba el éxito de cada estreno, en cada función, por la cantidad de carruajes que acudían, y por más espectadores que transportaban e iban a disfrutar de sus interpretaciones. Y también el acarreo de un problema inevitable que parecía irresoluto, y que supuso que en 1900, en Londres, que no dieran abasto, no ya de recoger, sino de no saber dónde meter tanto estiércol.

Pero fue en esta tierra teutona, donde tímidamente afloraron artefactos con mecanismos intrigantes, que por su continua transición para su mejora, eran casi diabólicos, mágicos para la mayoría de los que desconocían que se movían por la combustión más o menos rápida y controlada de sus primeros motores.

Engranajes, cadenas, poleas, correas, volantes, balancines, bujes, tornillos, tuercas, arandelas, espárragos, remaches, muelles, pasadores, bridas, rodamientos, retenes, embragues, cajas de cambio, transmisiones, dos ruedas, tres, cuatro, seis.

La libertad de movimientos con lo que puede, y da de sí.

Comer codillo en Stuttgart con mis queridos compañeros, alumnos, y mi sobrino Javier, sin faltar la mejor cerveza de trigo Paulaner, en una taberna clásica regida por otomanos en la puerta de la Selva Negra, o beber vino caliente con sabor a cerezas recorriendo las casetas de feria hechas de madera de la plaza Schlossplatz, del Castillo, donde siempre hubo actividades ecuestres y de lúdico ocio, para muchos petulantemente recalcitrantes.



 Como patinaje popular sobre hielo y exposición de trenes de juguete, de vapor o eléctricos, de mayor o menor escala. Cerca de la continuación de otros locos años veinte, pero no del siglo XX, sino del siguiente.


Si en la vida sirve de algo lo que pudo haber sido y no fue, también me penaría no haber aprendido alemán para saber lo que les decían los municipales de rasgos turcos que reprendían de su actitud a unos jóvenes músicos callejeros que nos estaban amenizando los oídos. Por haber defendido a los cuatro muchachos que tocaban en esa misma plaza: Uno alto con una trompeta dorada, otro con una guitarra española y compartiendo un violín, una joven con otro que le reemplazaba, con su amplificador, y la gorra tirada en el suelo ávida del reconocimiento monetario correspondiente, y poco llena de monedas. Estuvieron un rato dialogando educadamente con los guardias, después subieron todos un poco el tono, y al rato que desapareció la autoridad, también se disolvieron aquellos jóvenes y con ellos su música. Sólo quedamos los que allí estábamos escuchando plácidamente, con las cáscaras de los pistachos que se comieron en el suelo y el bendito sol de un Diciembre incoherente sin causa que nos alumbraba, y curiosamente nos calentaba. Pensé que en ese país lleno de famosos músicos había leyes más melómanas donde se valoraba más su existencia y se toleraba más su presencia, hasta en las calles, también me equivoque, como cuando pensé que siempre hace frío.


Músicos, cómicos, actores y artistas como muchas profesiones comunicadoras, y sin demasiada jactancia, transmisoras de cualquier cultura y por eso relacionadas con la enseñanza. Con lo desprestigiado que ha sido siempre su trabajo por ser ímprobo, si quiera reconocido por recíproca humanidad de ayudar a un triste.

Como si el de los demás fuera tan registrable hasta el extremo de acertar con toda la moda de turno de una conciencia colectiva interesada.

Sentir la historia de pioneros litigantes para una patente de un triciclo motorizado que ganó Karl con su Benz Patent-Motorwagen en 1886. Un motor Otto, y tres ruedas montados en un paradójico carruaje.

Benz y Berta.

Algo que nos une a todos en el espíritu juvenil más genuino es inventar para disfrutar comprendiendo, hasta llegar a comprender inventando. Cosa que no es sólo de locos excéntricos, ni de cuerdos vivir sin ilusiones, aunque preferimos el éxito antes que nos duela cualquier fracaso, que también ellos los tuvieron al principio.

Porque también se aprende que arriesgar es asumir la dificultad, y luchar por evitarla, vivir.

Ligroína pedía una señora, atenta y vivaz, con mucha clase, iba ataviada con un vestido de la época profusamente manchado de grasa en una farmacia de Wiesloch. El viejo farmacéutico estaba perplejo con ella porque quería llevarse 10 litros de ese disolvente, aun diciéndole que con menos cantidad tendría suficiente para limpiar la ropa. La acompañaban sus dos hijos que estaban esperando afuera con el primer automóvil con el motor parado, hacía calor, todo el calor que puede hacer en Agosto en el estado de Baden-Würtemberg de Alemania.

¿A dónde vas Berta?, ¿A hacer lo que no hace nadie, verdad? ¡A dar que hablar!

No dio opción ninguna, ni de preguntar, ni de contestar, ni siquiera a su marido, solamente le dejó una nota con el desayuno.

Habían salido de Manheim de mañana, y pretendían llegar tarde o temprano a Porfheim para visitar a la abuelita.

Aunque llevaba otras cosas en su cabeza: Le rondaba la idea de dar a conocer un medio de transporte que todavía estaba en mantillas, un vehículo automóvil inventado por su marido para entretener a los que se lo podían pagar, y para demostrarle a él mismo, la proyección del resultado de su producto que juntaba la aplicación de sus recursos de ingeniería con su intuición para los negocios. Dicen que es mejor la femenina, mi opinión sin ser peyorativa, se encamina en demostrar que según se juntan en empresa aliada, nunca tienen rival, cuando tan bien se complementan. Demostró en su lanzamiento comercial que serviría para desplazarse sin animales, para hacer y vender coches.

Museo Mercedes de Stuttgart a dos horas volando desde Barcelona por encima del paisaje alpino, cruzando Francia. Que te hagan volar por los aires con un pasaje contratado con una línea aérea y estar vivo a la vez en feliz coincidencia, y poder observar todo lo que allí muestran en semejante museo.

No fue un camino de rosas, siempre son así los comienzos de cualquier actividad insólita.

Berta Ringer, era de una familia acaudalada y recibió una buena educación que incluía la técnica, con el tiempo inventaría el principio rudimentario del sistema de las pastillas de freno, nacida en Porfheim, de soltera empleó parte de sus recursos económicos en invertir en una constructora de hierro, le venía de cuna tener el don para los negocios, pero después hizo lo mejor, sobre todo creyó en su marido, y le ayudó empleando su dinero familiar para la primera empresa automovilística.

Berta fue la primera publicista de coches, sin actuales posados femeninos característicos, sobre la marcha, y la primera que intuyó la buena conveniencia de introducción de mejoras técnicas en sus fabricados, siempre fue por otro lado de lo que ahora nos induce la pesada publicidad, aunque sólo fuera porque entonces todo estaba por descubrir.

En su odisea, se le rompió una cadena de transmisión y fue a una herrería, como primer taller mecánico, como hizo con la farmacia al utilizarla como primera gasolinera.

Con un alfiler de su sombrero pudo desobstruir una tubería de carburación, con una pinza reparo el encendido, con una liga mantuvo separado el cable de alta tensión de la bujía del motor para que no se derivase a masa.

Sus hijos tuvieron que empujar el carro con motor para subir las cuestas porque el armado este no disponía más que de dos velocidades, pudiendo haber tenido tres como los caballos: Al paso, al trote, y al galope, más o menos tendido, y para bajarlas tuvo que mejorar los frenos con cuero que le proporcionó un zapatero.

Sin radiador, sólo una vasija de pulido latón, inoxidable unión del cobre con el zinc, para hacer un circuito de refrigeración abierto con el termosifón suficiente para enfriar el motor, siempre perdiendo agua por el traqueteo, y por la consiguiente evaporación.

Y para la lubricación grasa por engrasadores Stauffer, premonitorio sistema de engrase por aceite a presión, que siguió al de barboteo.

Al llevar a cabo el viaje, conoció y sufrió todas las ventajas e inconvenientes de semejante talabarte rodante, por que las experimentó. Sólo le faltó pinchar, pero era imposible porque decían que las ruedas traseras tenían el aro exterior de hierro y la delantera recubierta de caucho vulcanizado macizo. En el museo, todas llevan llanta metálica recubierta de goma maciza.

A los cinco días dieron señales de vida: Llegados sanos y salvos, telegrafió al ocaso, a su marido, como expectante continuación de la nota que le dejó con el desayuno de que se iban a ver a la abuelita.

Me pregunto qué pensarían los que vieron a la señora y a sus hijos sentados en la extravagante máquina dando botes por las irregularidades del camino, aminorados por unas escuálidas ballestas de cuatro hojas, como suspensión mas amortiguada.

Con el tiempo, en Wiesloch, hicieron un monumento al viaje con el triciclo, representado con un conjunto escultórico alegórico del viaje, enfrente de la farmacia y primera gasolinera, con la conductora inaugural, que amarraba con el mismo afán tanto el sombrero como el proto-manillar-volante, a sus hijos subidos al coche, al farmacéutico con cara escéptica con la vasija de ligroína hacia abajo en señal de haberla vaciado en el depósito del combustible, y a un perro acechante de morder el bajo de su gran vestido como manifestación canina a su testimonio ladrado, cuando contemplan una actividad tan poco habitual como aquélla, todos en bronce, y unas tuberías de acero inoxidable de pulgada formando chasis junto con las tres ruedas elípticas apuntando en el sentido de la marcha, conformando plásticamente el movimiento de aquel invento.

¿Pero esta gente de dónde ha salido, a dónde irán? Ahora han pasado más de 130 años, pero entonces todo esto era muy raro y extraño, ahora un automóvil es la solución que realmente cambia la vida a cualquiera.

Afortunadamente la capacidad jamás entendió de sexos, pero fue una señora la que llevó el primer auto, aunque pueda parecer que la inclinación por conducir un vehículo debe tener más tintes masculinos. Sin embargo, siempre me ha dado la impresión de que antes y ahora las mujeres conducen sin más motivo de que nadie las lleve.

Todo el comienzo de la historia en la octava planta del museo de Mercedes Benz de Stuttgart. Daimler con su montura empujada por su motor endotérmico, la primera moto. Otro invento igual, con más o menos ruedas.

Reliquias con problemas técnicos resueltos ancestralmente con el mejor estilo, el que se puede observar, y que con buen criterio no dejan tocar.

En ésta y en las siguientes plantas viejos centinelas guardan estos tesoros sin precio como cancerberos. Reconozco que me atacó el síndrome de Stendal ante tanta belleza técnico-científica, y hasta algún miembro del museo me llamó la atención cuando, sin darme cuenta, me acerque demasiado a algún vehículo, como tantas veces me reprochaban los mayores que lo hiciera cuando era pequeño, cuando veía algún vehículo estacionado.

Precursores del auto-movimiento.

Fuimos bajando planta por planta, que por su configuración de trébol a diferente altura acompañan las escaleras remedando la estrella de la marca.

Incluso vi la maqueta de mi autobús azul, que reconocí como Mercedes por su forma y con sus cristales oscuros en el techo arqueado, con las puertas que se abrían y cerraban. Sus faros redondos, pilotos reflectantes y su ruido del roce de las ruedas contra el suelo de la cocina, lo lanzaba empujándolo y después con suma precaución lo soltaba para que rodara y no pegara contra el alzado del hogar o contra la pared, con su mecanismo interior de volante de inercia por fricción. Me lo regalaron de niño, en ocasión de un viaje a mi casa de los dueños de un taller de maquinaria textil de Tarrasa, donde se fue a trabajar mi tío Gregorio. Ni pegaba ni juntaba que un niño de mi condición tuviera un juguete así. Se me gravó profundamente, me lo estuvieron echando los Reyes Magos durante muchos años, hasta que debí romperlo, o me ayudaron a hacerlo alguno de mis hermanos.

No pude reconocer, sin embargo, aquel Mercedes blindado con rueda 750-16 que nos tocó restaurar en el cuartel de la Escuela de Automovilismo del Ejercito, en la mili, en Madrid, en Villaverde Alto, al lado del barrio de San Cristóbal, a donde me iba con mi flamante 4L de tercera mano de tres marchas con motor Gordini, enfrente de la Marconi, que en esos tiempos ya disponía de un simulador interactivo con pantalla de rayos catódicos para que los sargentos practicaran en conducir virtualmente los carros de combate AMX30 de 36.000 kgs. Ahora, después de más de 40 años, sería un mal videojuego.


El teniente especialista, con las dos estrellas blancas de seis puntas, oficial militar, ingeniero aeronáutico de título y jefe del taller de mantenimiento de vehículos autopropulsados, que incluía media docena de carros de combate, autobús escolar, camión del pan, camión grúa para muchas toneladas y otros camiones como los Reo, o los Continental, de esos que le cambiaban el motor de gasolina por un Diesel Perkins, o Barreiros, en fin toda la flota del consiguiente escalón del cuartel. Recuerdo que me asigno la recuperación del sistema de frenos, era de doble circuito con ayuda de servofreno, a otros compañeros les repartió cada uno de sus principales sistemas, a unos dio el encendido doble con distribuidor, y magneto, ambos con avance manual en el volante de dirección, a otros compañeros el sistema de carga, alimentación, etc. Recuerdo su sistema de palancas manuales que bajaba la rueda de recambio abriendo el portón trasero del maletero hasta el suelo. Tenía los cristales de 45 m.m. ya en sanwich de muchas capas, con elevalunas manual con reductor, y la carrocería de aluminio pintada en negro como los zapatos de charol, debajo todo el blindaje del chasis de acero reforzado y la chapa del suelo con unos grosores que ahora ya no son necesarios en un blindado. Pesaría unos 4.500 kg. y calculamos que podría gastar de 50 a 70 litros de gasolina a los 100 Kms. Recuerdo oír los 8 cilindros en línea con 7.500 c.c. y 230 C.V., ronronear y después bramar por la pista de carros dentro del cuartel que disponía de más de dos Kms. y al teniente Ocaña conduciéndolo risueño, feliz de semejante recuperación que fue a parar al Museo del Ejército, puesto que debió ser un regalo del mismo führer, en los años 40 del siglo XX, a Franco.

Pero aquí, en Stuttgart, no lo vi en todo el museo entero.

Muchas veces pienso que en Alemania lo inventaron todo, los demás solo hemos hecho adaptaciones, o sea, copiado.

Máquinas, ferrocarriles, coches, carreteras, hasta sistemas políticos, educativos, judiciales, sanitarios, nacidos para un mundo competente y estilos de vida que exportamos como positivos y amables. Antes y después de cada guerra.

Pero no, no. Allí no quieren recordar ninguna guerra, y menos la II Guerra Mundial. Y tienen su motivo, porque además de que la perdieron, tuvieron que pagar su culpa, como en la primera, aunque ahora sean otra vez una potencia mundial. Además de que sepan que también se puede perjudicar a la gente de muchas más formas que con una guerra, que también se puede matar de muchas maneras, y sobre todo, que una guerra no la gane nadie.

Como cuando alguien se queda tetrapléjico en un accidente automovilístico y va acompañando a la policía haciendo controles de alcoholemia, o dando charlas de sus vivencias en las auto-escuelas por su intencionado impacto emocional para mejorar la transmisión a los jóvenes de lo que le puede pasar a cualquiera, o sucede si no se evita.

Al regreso de Estucardia, que era como se le denominaba en español a Stuttgart cuando reinaba Carolo, nieto de los reyes Católicos. Si,  Carlos primero de España y quinto de Alemania.

En la 2 de la televisión española, emitían el documental "Las Juventudes Hitlerianas: La última batalla de los niños soldado". La historia de un viejo naci desde niño, supremacista redimido y superviviente de las SS, que le tocó ir a un colegio en una fecha cercana a las vacaciones y comprobó que los adolescentes tenían prisa, y no querían escucharlo, sólo escapar, e irse.

Este viejo ario, de aspecto serio, impetuoso y brusco, y más que seco por lo que le tocó vivir, parece que casi agarró al vuelo por el brazo a una adolescente emigrante y le dijo en voz alta para que lo oyeran los demás de la clase: En otro tiempo, te hubiese matado, sólo por verte.

Se le quedaron los ojos como platos, y así pudo contarle a todos, cosas que vivió y sufrió para que nadie se crea más, ni mejor que nadie.

Aunque lo parezca, aunque por ánimo de superación personal, hasta lo sea, porque si se vanagloria provoca la envidia y el odio de los que no lo soportan, que es lo que provoca todas las guerras, las de fusiles y las de las otras. Para que nunca haya más guerras, ninguna guerra más.

También hubiera querido visitar Munich, y ver a los bávaros vecinos, y la sede de BMW, constructora de automóviles y motocicletas como las que tiene la familia Berna de Tauste, recuerdo una visita con mi tío Aurelio a Tomás Berna Giménez en su finca a la entrada de la población por la rotonda de la carretera de Pradilla.

Me pareció una incomparable clase magistral que me las mostrara, y poder ver su colección de motos de todas las marcas mundiales, europeas, americanas, y todas sus BMW, desde la que le dejó a Luis Berlanga para hacer la película "La vaquilla", hasta su incomparable R-63 de 1928 que vino en cajas desde Alemania con instrucciones de montaje, que estuvo expuesta en el Museo de la Motocicleta en Bassella (Lérida), entrañable vehículo que el concesionario de la marca de Zaragoza se la cambiaba por cualquier máquina nueva que quisiera, nunca le tomó la palabra, siempre fue su tesoro, que prestó en su juventud a su amigo Ignacio Leciñena en su viaje de novios, también taustano, condiscípulo de mi tío Aurelio y alumno adelantado de su padre que aprendió en el siglo XIX, del maestro forjador gerundense asentado en las Cinco Villas, Ramón Vigata, herrero de forja del Mercado Central de Zaragoza, del estilo modernista de Gaudí.

También porque me gusta recordar esa aventura, me hubiese gustado recorrer ese trayecto de Manheim a Porfheim, y haber parado en Wiesloch, aunque fuese como cuando hice el recorrido del encierro de San Fermín, fuera de fecha, tiempo de recorrido y sin toros.

Y siguiendo con este viaje, sobre todo, después de un agitado vuelo de regreso, que hizo que los estrepitosos traqueteos vapuleantes, en forma de violentos vaivenes por las turbulencias provocaran golpearnos en nuestros propios asientos a los pasajeros, que entre risas y miedos flotantes compartidos, más o menos contenidos, aplaudieran al piloto del avión al tomar tierra en Barcelona.

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